¡No esperen nada de mí!

Ana Mercy Otáñez
amercy@gmail.com

La vida tiene varias etapas, las primeras son hasta cierto punto basadas en dependencias, esperamos de los demás y a cambio damos lo que se espera de nosotros. Estoy en un punto de mi vida que no quiero que nadie espere nada de mí. No estoy en edad de preocuparme por decepcionar a alguien, ni que mis decisiones les lastimen. Ando por la vida haciendo lo que me llena el alma y me hace feliz. Así como las mayores desilusiones nos llegan porque esperamos demasiado de otras personas, aspiro a que nadie espere nada de mí. No quiero entrar en el mundo de quienes dejan de lado sus aspiraciones para llenar las expectativas de otros, vivir bajo las exigencias impuestas por la sociedad es el camino más seguro a la desilusión, al fracaso espiritual, emocional y sentimental. Bajo un plan y con diversas estrategias, nuestros padres o tutores forjan sobre nosotros sus más altas expectativas. Y no está mal, sus ideas están cargadas de los más grandes deseos de que vivamos mejores que ellos.

Quizás es una meta de todos los que asumimos esa responsabilidad.

Qué decir de los maestros que encontramos a lo largo de nuestra existencia, peritos que con solo tratarnos pueden identificar nuestras capacidades o simplemente minimizarlas… Crecemos en un ambiente que nos manipula, nos exige y nos compromete.

De ahí que muchos creen que alzarnos con un título universitario nos garantizará el éxito. ¡Claro! Lo que tal parece es que, el término tiene varias definiciones y en todo eso no está la felicidad… En este punto, después de haber cumplido con una que otras metas y haber vivido un poco más de cuatro décadas, ya no busco impresionar, pero tampoco quiero imposiciones que carguen mi camino… mis extensas vivencias me han enseñado que se es más feliz cuando nuestros anhelos no están centrados en nadie. Mi felicidad está en mis manos, porque yo así lo decidí. Cuando he querido algo, yo misma voy por ello, si lo mando a buscar quizás no llegue o me desencante en el trayecto, porque nadie le dará la misma importancia que yo a mis intereses.

He aprendido a exigirme más a mí que a los demás, pues nunca me perdonaría una decepción a mí misma.

Tengo razones para no querer que nadie espere nada de mí, por lo que tomo mis decisiones basadas en lo que siento, cuando estuve dispuesta a entregarme en cuerpo y alma a otro ser humano, me casé y disfruto mi decisión. Mis hijos no siguieron mis pasos, ni los de su padre a nivel profesional y simplemente les abrimos las puertas y les ayudamos a conseguir alas para que fueran tras sus sueños. Mis amigos son decenas de seres humanos muy distintos a mí y que a lo largo de nuestras vidas nos hemos complementado, pero nunca les exijo igual lealtad que las que les doy; nos somos iguales; no trabajo para que mis jefes me premien, para eso me pagan. Simplemente de la única persona que espero todo es de mi misma. Nos leemos la próxima semana.

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