Lo que me enseñó este año

Ana Mercy Otáñez
amercy@gmail.com

Nunca antes había aprendido tanto en 365 días. Este ha sido un período que Dios eligió para enseñarme quien soy, de que estoy hecha y el valor que tengo al enfrentar una nueva tormenta. Siempre creí que el mejor maestro era la vida en sí, olvidé sus jugarretas y recibí sus estocadas. Pero lo que si siempre trae cualquier situación que nos toque enfrentar es una gran enseñanza. Estas nos pueden hacer más fuertes o por el contrario, destruirnos. En este 2018 conocí el cáncer a través de dos grandes amores, distintos, pero muy importantes y ambos al mismo tiempo. Han sido días donde me han invadido distintas emociones, unas conocidas, otras que no he podido controlar… No les voy a contar de la negación ante cada episodio, pero tuve que aprender, que no siempre se vive de los buenos momentos, de una manera muy drástica, dolorosa y fuerte. Aunque en otros momentos tampoco había sido fácil, no había sufrido como hasta ahora. Estoy acostumbrada a sortear mis propios problemas, pelear mis batallas y a levantarme de mis caídas, había tenido siempre el valor de enfrentarlo todo, las pérdidas humanas de vivos y muertos, la quiebra de negocios, el fracaso de algunos proyectos, las traiciones, los días de dolor y de felicidad momentánea. No hablaré de la soledad, porque nos hemos hecho amigas y encontré su valor. Todo iba bien, crecía como ser humano y hasta llegué a sentir que maduraba de acuerdo a mi edad. ¡La vida me sonreía! Hasta que tuve que enfrentarme al cáncer de mis sentimientos y de mí impotencia. ¡Y este me destruyó! Mi única opción era continuar, hechar la pelea por la vida de mi madre y de mi recién esposo. Dios, hizo su parte y me allanó el camino, me llenó de su amor y me dio la fuerza necesaria para enfrentarme al cáncer, que sin saber lo que dañaba, me atacó sin piedad, al mismo tiempo que a mis pacientes. Comenzó la lucha cambiando nuestro semblante de alegría por preocupación y tristeza. Iniciamos con las cirugías, los distintos síntomas, los tratamientos, los diagnósticos, procedimientos, citas y lo peor, el dolor, dolor, mucho dolor en silencio de ambos enfermos, ellos como diagnósticados y los que vivímos a su lado, cada procedimiento. Dios ha sabido sostenerme en sus brazos, he estado en sus caminos por mucho tiempo, pero soy humana y débil, y en estas circunstancias admito que me perdí, pero en Él encontré la fortaleza para enfrentar este desafío, de igual forma en la oración, la familia y los amigos. Muy en el fondo también hallé una salida que me dejó un buen aprendizaje, al tiempo de reconocer que no era el fin de la guerra sino solo el inicio de una gran batalla, lo acepté, pedí perdón a Dios y me lanzé al viaje sustentada en el amor, la esperanza y la fe. Nunca antes había tenido la oportunidad de cuidar a mi madre, quizás en este proceso esa ha sido mi mayor bendición, lo propio aplica para mi esposo, así descubrí la cantidad de amor que una puede sentir por otro ser humano. Mi mejor enseñanza ha sido: Que lo imposible para los hombres encuentra el camino de la solución en Dios. Los vacíos existenciales se llenan con fe y oración. Mis pacientes están estables, y yo he tenido un año lleno de múltiples enseñanzasÖ Con Dios, amor y fuerza todo es posible. Sigo sonriendo y vivo en agradecimiento. Hasta la próxima semana.

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