Las malas experiencias…

Ana Mercy Otáñez
amercy@gmail.com


Cuando llega el Día de las Madres celebro como cualquier mujer a la que Dios le ha dado el privilegio de ser madre. Este año entré a formar parte de las “mamis de 40, término que me inventé desde que mis hijos crecieron… De igual forma entiendo a aquellas que de una forma u otra han perdido un hijo, porque por momentos siento un mezcla extraña de sentimientos que en algún punto se encuentran… No es algo que ande pregonando, pero que de vez en cuando me clava el alma, me encoga el corazón, me cierra la boca y me apaga la sonrisa… Siempre he tratado de entender mis sentimientos en cuanto a esa situación, me ha costado muchos años contar esa experiencia, por sentirme culpable e ignorante y responsable del desenlace de lo ocurrido. Sin embargo, he ido creciendo y entendiendo el para qué de cada situación que nos toca vivir. Pero por cosa del Todopoderoso justo en estos días en mis clases de liderazgo con Ginny Jacobo y un excelente grupo de mujeres y hombres con los que he decidido crecer, debatíamos sobre la “Ley del dolor” desde el punto de vista de nuestro mentor, John Maxwell. Y aunque solo hice algunas acotaciones, fue inevitable revivir uno de los momentos más difíciles que he tenido que vivir, perder a mi primogénita, sin embargo, admito que hoy puedo entender en lo que me convertí después de aquella dolorosa vivencia. Maxwell, afirma “La buena administración de una mala experiencia es lo que te lleva a un gran crecimiento”, y no se equivocó al destacar ese punto, pues en sus clases también aprendí que lamentablemente un alto porcentaje de personas resurgimos desde el dolor. Y yo puedo mostrar satisfacción. No es fácil lidiar con una pérdida ni de vivos, ni de muertos, tampoco estamos preparados para experimentar ningún tipo de sufrimiento en nuestro día a día. A pesar de cuán destruidos podamos estar, de que el dolor nos rompe a la mitad, debemos continuar y asumir las responsabilidad de nuestra vida, aunque tenemos derecho a una pausa, con el simple propósito de que un “stop” nos conduzca a un análisis sincero que nos transporte al enfoque de nuestros más grandes sueños, pues no podemos olvidar que estamos construidos de la realidad en función de lo que nuestro cerebro percibe. Las malas experiencias todos las hemos vivido y muchos hemos tratado de evitarlas, pero ellas nos encuentran, suelen ser situaciones que no podemos obviar, que traen consigo una gran lección, su éxito como ser humano o como profesional dependerá de cómo usted visualice los puntos difíciles que le toque enfrentar en el viaje de su vida. Crecer en cualquier área implica un compromiso de buen manejo de sus malas experiencias. Yo, tengo mi testimonio del dolor, por solo destacar el más fuerte, pero con el mío he conocido a decenas de personas que al contar la historia de sus vidas reconocen que sus más grandes victorias llegaron en medio o después del sufrimiento. Lo que me marcó para toda la vida, lo que de vez en cuando me toca las puertas del alma y tambalea mi corazón, es hoy un testimonio de fuerza, con el que no podré consolar a otras madres en situaciones similares, pero si les compartiré como hice para continuar. Dios tomó mis manos, me ayudó a llorar, me enseñó el valor de la soledad, escribí mi historia y con ella desahogué lo que tenía en lo más profundo de mi ser, me preparó para el cambio, ese que con dolor acepté, me enseñó el camino de mis más grandes aspiraciones y entre uno y otro aprendí a ver la vida con color, a disfrutar vivir de manera positiva, con la conciencia tranquila, la aceptación del bien y el mal… Aún sigo tomando apuntes, porque sé que necesito seguir creciendo. Y tú, que haces con tus malas experiencias? Con el poder de Dios nos leemos la próxima semana.

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