Correr es como la vida, si tienes un deseo

Ana Mercy Otáñez
amercy@gmail.com

En el trayecto Dios te enseña el propósito. Nunca había corrido más que por calentamiento, soy asmática. Al finalizar el 2018, uno de mis hijos alcanzó su primera meta corriendo, parece que ésta incluía involucrarme. Me excusé mil veces, puse decenas de pretextos, le expliqué sobre mi respiración, mí edad, y a duro pulmón le dije: ¡No tengo tiempo para eso! Pero su insistencia era tanta que parecía un enviado del Señor.

Mis inicios
El siete de enero a la 6:30 de la tarde comencé a correr. Tenía una sola meta. Probarme que podía. Llegué sin ninguna expectativa al parque Mirador Sur, lo hice junto a un grupo de personas extrañas, que al instante parecíamos conocidos. Nos unía la fuerza interior de darnos la oportunidad de romper nuestros propios esquemas, físicos y mentales. Y así dimos el primer paso, que nos sacaba de nuestra zona de confort.

Entrenamiento
La primera semana fue difícil, tanto como cada vez que las rutinas aumentaban. Nunca había amado tanto oír el sonido del silbato como cuando indicaba que podíamos caminar. Después de mi primer mes, vino el auto análisis, identifiqué los cambios. Más ligera, mejor sueño, más ágil y disfrutando la memoria atlética de mi cuerpo, que me indicaba que 45 años, después no todo estaba perdido y que podía dar más. Acepté el reto y decidí trabajar en mí físicamente. Llevo años entrenando al alma y cultivando el corazón.

El club
Mi hijo Luiggi José me llevó a Cultura Fit. No tenía ni idea de que existían. Sin proponérmelo me uní a un grupo de mujeres y hombres que no solo me ayudaron a alcanzar la meta, sino que en el camino nos convertimos en soportes unos de otros. Agradezco a Dios por mis entrenadores y por mi promoción, junto a ellos descubrí otras fortalezas, borré algunas limitaciones mentales, mientras el sudor y el asfalto nos convirtió en familia.

Aprendizaje
Mi mayor aprendizaje fue que pude reparar mi alma. Es complicado hacer dos rutas al mismo tiempo. Mientras trataba de hacerme amiga del asfalto, mi corazón vivía entre muchas subidas y pronunciadas bajadas. Correr tiene sus ventajas en la libertad de aceptarnos sin borrar lo que vivimos, sin olvidar nuestra situación y es ideal para desahogarnos. En cada paso dejé de negar la vorágine de mi entorno y de mis sentimientos. Abrí mi corazón y acepté que tenía que doler, que era normal mi confusión y mis preocupaciones. Lloré y reí y en la simplicidad de la naturaleza, con ropa ligera, zapatos cómodos encontré fuerza y valor para continuar. La mayor bendición está en el proceso sin importar lo que estemos viviendo…

Nos leemos la próxima semana.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *