¡Aprendí a la fuerza!

Ana Mercy Otáñez
amercy@gmail.com

Soy positiva, así puedo definirme. Durante mucho tiempo he sabido afrontar los problemas y las situaciones que me ha presentado la vida. Siempre lo he visto como retos cotidianos que han de hacerme más fuerte y con lo que mis experiencias ha tomado forma. Identificar los tropiezos para no repetirlo, en un análisis profundo y detallado nos ayuda a no redundar y encontrar lo positivo en cada situación.

Me creía una gurú cada vez que salía airosa de cada eventualidad, contando con Dios y su fuerza divina para enfrentar lo que viniera.

Para lo demás está mi madre.

Los problemas existen desde que nacemos. Todos de una u otra manera tenemos alguna situación, puede ser emocional, sentimental, económica, de actitud, etcétera… A donde nunca he tenido mucho valor es cuando llegan los retos de salud, de niña fui muy enfermiza y eso me hizo crecer con algunos tabúes en el área. Luego mi mayor prueba vino con el nacimiento y muerte de mi primogénita y aunque me levanté y continué no fue fácil. De ahí en adelante respeto mucho los diagnósticos y sus calificaciones, porque muchas veces llegan sin avisar para asaltarnos el alma y reducirnos el corazón… Siempre he asumido mis responsabilidades, suelo ser fuerte, pero al mismo tiempo muy débil, me derrumbo y me vuelvo un mal de lágrimas cuando la bola me pica en los pies… Estos últimos días no ha sido la excepción. Solo que me he ubicado en mi posición y he asumido lo inesperado, los aprietos y los tropiezos con mayor madurez, rebotando toda situación difícil y convirtiéndolas en un estado de aprendizaje positivo.

Es más fácil decirlo, escribirlo que hacerlo. Aun así me ha hecho resiliente. Antes, fui terca, me hice decenas de interrogantes, creando todo tipo de hipótesis y sus posibles conclusiones.

No olvido cómo un estado de impotencia y rabia me invadía ante el primer caso de salud que nos sacudió fuertemente en marzo de este año… Admito que no cuestioné a Dios por mi fe, pero si me cuestioné yo, y me volví muda, pensativa y solitaria. No tuve opción más que aceptar la voluntad divina que siempre trae grandes enseñanzas. Caminé de las manos con mi paciente, quien me enseñó a luchar con valentía y amor, sin saber que simplemente me preparaba para enfrentar un segundo caso, dos meses más tarde… Esta vez más cercano, más íntimo y con un diagnóstico que me partía en dos. Nunca había reunido tantas fuerzas, ni había actuado tan normalmente ante un momento tan difícil que debí volver sencillo. Mi segunda paciente me sacudió con su actitud frente a la vida y me dio fuerzas para afrontar, actuar y continuar hasta donde fuera necesario, eso me hizo progresar y poco a poco mantener mi bienestar mental, emocional, sentimental y espiritual. Gracias a Dios no me he vuelto vacía, ni dura, ni fría, solo decidí sacar lo mejor de cada experiencia. Asumiendo mi rol de esposa y de hija mayor con el carácter necesario de aceptar los imprevistos sin derrumbarme. Simplemente le di la importancia justa a cada situación, tomé decisiones racionales, dejé de la lado lo negativo y el investigar en Google, pedí ayuda a familiares y amigos, pero sobre todo he tratado de convertirme en un ser de apoyo en cada caso. No es fácil, pero todos podemos ser resilientes y lo positivo en la dificultad de otros. Con el poder de Dios nos leemos la próxima semana.

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