¡A solas con Dios!

Ana Mercy Otáñez
amercy@gmail.com


Nada ha sido más reconstituyente en mi vida que haber descubierto lo valioso de tener momentos a solas con Dios, fue ahí donde cambió mi historia. No tengo un lugar específico para estar con Él, pero sé dónde y cómo escucharlo, sentirlo y obedientemente seguir su camino.

Drásticamente descubrí esta necesidad cuando la vida comenzó a golpearme de la forma más dura, cuando tuve una pérdida irreparable, la más dolorosa que una mujer convertida en madre pueda sentir, lo viví en algunos adiós sin avisos, muchas veces provocados por mí misma, en burlas significativas, porque aún el “bulling” no existía; en amigos por conveniencias, posición, puesto o a los que simplemente les serví de trampolín, también en una que otras críticas desmedidas, sin antes tener la más mínima intención de ayudar o corregir, sino de maltratar o desmeritar, lo propio, cuando en mi cara sentí el golpe o ruido de algunas puertas que me cerraronÖ ¡Toqué fondo! Y lo sentí en un desgarrador y profundo dolor en el alma, en algún momento mi corazón dejó de latir aunque siguiera viva y mi ojos sumergidos en una mirada perdida, lejana y vacía se hicieron cómplices de una sensación extraña que pudo haberme dejado sucumbida en la derrota o en una tristeza permanente.

Es en esos instantes en los que no sabes que hacer o a quién acudir, el momento ideal para poner en manos del creador nuestra situación emocional. Solo Su gracia y Su misericordia me hicieron entender el para qué de cada situación vivida. ¡Aprendí cada lección! Y soy el resultado de todo obstáculo superado. Fue un proceso lento, donde paso a paso me levanté y trabajé sin descanso en sanar mis heridas, encontrar mi propósito y satisfacer mi alma.

De ahí en adelante, en las alegrías, en los sueños alcanzados y en las metas logradas también he aprendido a tener mis momentos de gran valía con Dios, no solo en el dolor o en el infortunio se clama al Señor, también al reconocer nuestras debilidades, trabajar en nuestras fortalezas y sentir la satisfacción en nuestro corazón, valorando los grandes momentos a través del agradecimiento, que solo reconocemos con la superación.

La vida suele volverse difícil de repente, cuando menos lo esperas o cuando estás en un momento cumbre personal o profesionalmente, lo más duro es que nos quedemos ahí estancados, preso de nuestro dolor o de nuestros miedos, dejando que estos sean más fuertes que nuestros deseos de seguir adelante, que obviemos nuestras motivaciones y que nada nos inspire.

Es en esa lucha tenaz entre nuestro dolor y nuestras aspiraciones donde Dios hace su parte, ofreciéndonos el equilibrio de podernos reír sin motivos, tener paz en medio de la tormenta y sentir amor de manera inagotable.

¿Quién no ha vivido situaciones difíciles? Encuentre su Dios y camine hacia la libertad y haga lo que encienda su alma. Con poder divino nos leemos la próxima semana.

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